miércoles, 11 de marzo de 2009

Trópico

El sol cayó a plomo otra tarde más, haciendo sofocante el clima en los estrechos corredores que llevaban al deposito central. Era el mes de agosto, el mas caluroso en esta latitud, situación que se agudizaba por la humedad propia del trópico.
No habían pasado ni una hora desde que L llegó al puerto a finiquitar de una vez el asunto que lo había hecho venir a esa tierra de nadie, pero sus ropas ya estaban completamente remojadas en sudor y la brisa marina que dejaba impregnado esa mezcla de olor a sal y animales marinos. Presuroso se fue abriendo camino entre la multitud que abarrotaba aquellos corredores, personas de reputaciones dudosas, todo tipo de marginados sociales: marineros deseosos de desquitar los largos meses exiliados del mundo en una estrecha embarcación, meretrices que por unas monedas les permitirían afirmar su masculinidad de nuevo, mendigos, huérfanos, ladrones y pendencieros, todos aquellos entes que en cualquier lugar serian juzgados, aquí encontraban refugio y la libertad necesaria para seguir viviendo sin contestar muchas preguntas. Aquello no era otra cosa que un lugar donde los olvidados por dios se habían juntado. L avanzaba sin darle mucha importancia a tan decadente espectaculo, simplemente por que sus propósitos en ese espacio eran otros, y más importante que nutrir su morbo viendo los detritos de la humanidad, L buscaba respuestas, y definitivamente había llegado al lugar correcto.

Las encontraría muy pronto.

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